Monday, July 03, 2006


EL ORIGEN DEL NOMBRE DE FLOREINA DE NUDELOT
por el Juglar Quevedtornudo


uenta la leyenda que, en años innumerados, gobernó Nudelot una reina que, a decir de todos, era ¡flor de reina!.
El tono exclamativo con que la identificaban no era de sorpresa sino que brotaba del entusiasmo que provocaban en los ánimos masculinos sus esbeltas redondeces.

Con el tiempo y las educadas maneras de los habitantes de Nudelot, la entusiasmada exclamación derivo en el bonito nombre de FloReina.He aquí el relato del nacimiento de su nombre.

Vivía en Nudelot un juglar de llamado Hecisco Quevedtornudo, conocido por sus atrevimientos poéticos de satírico estilo. Asiduo asistente a las tertulias de la Corte, era azuzado por sus amigos a los más extraños desafíos de la verba.

Se lo conocía también con el apodo de Apóstol de las Redondeces, por sospechadas maquinaciones llevadas a cabo con otro artista de la corte, y casi santo, que derivaron en la fundación de la tenebrosa pero epicúrea Secta de las Redondeces.

En una de aquellas tertulias, habiendo concurrido la Reina, saludaba ésta a los participantes con su usual galanura. Al llegar a Quevedtornudo, ambos cruzaron las acostumbradas cortesías mas, cuando la soberana se alejaba, él se dirigió a los caballeros que lo acompañaban en un susurro.

¡Flor de reina y de redondeces
que al son de su paso meces!

Las manos ocultaron las sardónicas sonrisas en tácito complot. Sin embargo, comenzaron a murmurar entre ellos, hasta que uno increpó al juglar.

Bien hablas a sus espaldas,
soberbio juglarejo.
Mas, frente a sus faldas,
retrocederías como un cangrejo.

El juglar, más contento que agraviado, por semejante desafío respondió sin titubeo.

¿Acaso insinuáis que temo,
de la reina su enojo.
¡Apostad! Que al extremo
vuestras arcas quedarán en rojo.

A unos pasos de ellos se encontraban Lady Esther y Lord Oscar de la casa de los Ceballéticos y a cargo del Palacio de la Moneda.
Cuando escucharon al juglar incitando a la apuesta, posaron sobre el grupo su mirada, de soslayo y amenazante. Con los brazos pegados al cuerpo y las manos crispadas expresaban su expectante irritación.
Un observador incauto hubiera creído que ese gesto de reprobación tenía por objeto la apuesta, pero esa no era la causa.
Quevedtornudo no era el observador ni era incauto, era el observado. Y, apercibido de tal, arengó a sus amigos.

Apostad en moneda fuerte,
mas hacedlo a montones
si os atrevéis a la suerte.
¡Apostad en Eticones¡

Los Eticones eran la moneda de curso legal del reino, creados y acuñados por los Ceballéticos. Según ellos mismos afirman, esta moneda es el común denominador de los valores éticos, apropiados para adquirir felicidad.
Los Ceballéticos eran celosos custodios de que toda transacción, incluso la que se realizara como contrapartida de apetitos desordenados, se llevara a cabo respetando el curso del numerario de marras.

Volviendo al juglar, diremos que tras su arenga, brindó un gracioso gesto de saludo hacia los nobles numismáticos y continuó dialogando con su grupo.

— Que no te atreves a decírselo en la cara —,amenazó uno— Que explícitamente sus redondeces debes nombrar —,incistió el de al lado—, en público y alta voz debes decirlo o serán tus arcas las que se sequen.

Quevedtornudo yo no fuera,
si en varonil circunstancia,
a alabar no me atreviera
de mi reina la elegancia.

Con esta réplica, el julglar cerró la apuesta, a pagar tantos como fueran a uno o viceversa si perdía, la cantidad de 69 Eticones por ser éste el número de suerte que Merlín le había recomendado en las contiendas de fortuna.

— ¡En el estanque! ¿Os atrevéis? —les espetó.— Que en el estanque sea —replicaron ellos, saboreando el triunfo, pero no sin sospechar alguna de sus artimañas.
uevedtornudo había elegido el estanque ya que en él, solía ir a dejarse embriagar por la musa inspiradora


Permitidme apartarme unas líneas del relato, para explicaros qué significaba para Quevedtornudo aquel estanque.
El entusiasmo del juglar por la curvilinealidad femenina lo había inducido a solicitar permiso, que le fue otorgado, para cultivar nenúfares en el estanque encantado del castillo.

¿Cuál era el motivo? De dar crédito a sus palabras, las curvas de los pétalos de esa hermosa flor y su disposición radial eran la representación terrena de la redondez cósmica. Asimismo, afirmaba que sus hojas también están enmarcadas en una sensual curvilinealidad. Pero, lo que extasiaba al juglar hasta el paroxismo, era la dinámica ondulatoria provocada en el agua por esta flor. Él afirmaba que cuando una dama entraba al estanque se recreaba la sensualidad cósmica al conjugarse la perfección de las formas de los nenúfares con las juguetonas curvas de la dama, a través de las ondas acuáticas emanadas por ambos cuerpos; el vegetal y el humano.

s fácil comprender, entonces, que aquel estanque constituía el escenario ideal para llevar a cabo la osada empresa de alabar las redondeces de la reina.

Fue en una tarde de verano, mientras la reina tomaba su baño restablecedor en el estanque. Quevedtornudo se sentó a orillas del mismo a conversar con ella.
Previamente, había advertido a sus contraapostadores que ese cumpliría con el desafío. Intrigados por la elección de tan publico paraje, ellos también concurrieron a acompañar el baño de la reina.
La voz se había corrido en toda la corte a hurtadillas de la soberana. En consecuencia, a la cita no faltaron Merlín ni la pitonisa y pocionista Carmela ni Esther y Oscar de la casa de los Ceballéticos y muchos otros personajes influyentes.
Luego de los saludos de cortesía con los que Quevedtornudo nunca dejaba de halagar a su majestad, ceremoniosamente y con un gesto de su brazo que parecía rociar sus palabras sobre todos los nenúfares que flotaban en derredor de la reina, exhaló con elocuencia sus versos.

Mientras anhelante miro
en las aguas que te meces
confieso que yo admiro
de mi flor, Reina, las redondeces

Isócronamente con la última de las palabras, su mano se detuvo en el aire en gesto oblicuo en una perspectiva que desde donde estaban parados sus contraapostadores, señalaba directamente las preciosas nalgas de la reina.
La mirada de Quevedtornudo se fue trasladando desde ese redondo objetivo hacia las personas de sus adversarios, mientras en su rostro se dibujaba una sonrisa heroica.
A continuación se escuchó la respuesta de la reina— ¡Oh, sensible juglar, yo también admiro la belleza de tus flores.
Los que acababa de perder 69 Eticones murmuraban descontentos. El juglar había alabado las redondeces de la reina y, delante de todos, había desplegado su habitual satírica para llamarla FloReina; alusión directa al admirativo ¡flor de reina!.
erminado su baño, la noble dama salió del estanque y se dirigió hacia Merlín, quien la aguardaba con la blanca sábana real.

— Quevedtornudo adora sus nenúfares —le dijo el mago mientras la cubría con la prenda a resguardo de la brisa.
— ¿Sus nenúfares? ¡Mis redondeces, querrás decir!
— Si, si, y ¡flor de reina! Ha exclamado el sinvergüenza —interrumpió Carmela, mientras brindaba una mirada cómplice a la reina.

Merlín se frotó la barba. Buscó con severidad la mirada de Carmela y arriesgó una tabla de salvataje para la honra del juglar.— ¿Piensas, mi reina, que ha sido osadía o halago?
— ¡Osado halago! Mi querido Merlín.

El mago, temiendo el enojo de la reina, trató de ablandar su corazón.— Tu estandarte ha sido siempre la bondad, mi reina.
— Merlín, su declaración ha sido pública y eso significa escándalo —continuó Carmela, que confabulaba con la reina.
— A estas horas, todo el reino debe estar al tanto de su osadía —exclamó Su Alteza en tono severo.
Los ojos de Merlín se abrían exageradamente mientras parecía buscar en el cielo un argumento que evitara el castigo al juglar.
— Aunque, los versos sonaron bellos —intervino Carmela cuya dedicación a la poesía era por todos conocida.
— ¿Crees que alguien pueda igualarlo en inspiración y belleza, querida amiga?— preguntó la reina.
— Lo dudo, señora.
— Entonces, tampoco podrán igualarlo en osadía— exclamó Merlín en un destello de oportuna genialidad.

La reina, disimulando su alegría por haber provocado una vez más la agudeza de Merlín, e impostando su voz de un repentino tono de sorpresa, dijo— Es cierto, nadie se atreverá a semejantes halagos si no los puede emitir con tan grandilocuente belleza. Por lo que concluyo que el escándalo es inocuo.

Merlín sonrió aliviado, mientras Carmela afirmaba— Magna es tu clemencia, dulce señora —con gesto severo y conteniendo la risa.
loReina, que así se la llamó desde entonces, se acercó a su unicornio, ascendió la breve escalinata que le acercó su paje y se retiró al paso saludada por todos los allí presentes.
Esta fue la forma en la que el osado juglar dio a la soberana el nombre de FloReina que, por tal, hoy la conocemos.


Fuente: Investigaciones realizadas sobre papiros escritos por Quevedtornudo, también conocido por Hectornudo, el Filósofo.